El epitafio de @dondecomere

@dondecomere 

En mi familia, la hora de la comida era la transición para seguir con nuestras actividades y el saldo del día eran mis clases de natación, karate, tenis o catecismo y nunca lo que habíamos comido.

Los fines de semana nos despertábamos a ver a Chabelo, desayunar muy rápido, hacer nuestras maletas para, de nuevo, ir al club. Los niños comíamos en el snack-bar una torta, sopes, quesadillas. Nuestros papás se quedaban horas en el restaurante o alguno que otro día nos ‘depositaban’ en casa de los abuelos para que ellos pudieran salir a comer a algún lugar donde no los molestáramos.

Y sí, no le pido hoy nada más a la vida, porque llegó en el momento que debía llegar @dondecomere a rescatarme de comer siempre lo mismo: mis quesadillas, mi cereal, la sopa de verduras, ensaladas, milanesas, carne asada y tortillas con aguacate y salsa.

La primera vez que @dondecomere me llamó por teléfono, le tuve que pedir que me hiciera de nuevo la pregunta (pensé que no le había entendido bien) pero sí le había entendido, lo que me preguntó fue:

 – ¿Y qué comiste hoy?

– ¿WTF?

¿A mis 14 años quería que me acordara de mi transición tan repentina del día? No sabía si colgarle por pena ajena pensando en su poca creatividad para conquistar a las mujeres pero no… intenté acordarme y contestarle como era debido.

Y como es de esperar, ni me acuerdo cuál fue mi intrascendente respuesta ante tan inquietante pregunta.

La primera vez que me invitó a comer a su casa no podía entender que no hubiese otro tema en la mesa más que la comida. Me pregunté todo el tiempo ¿Cómo? … ¿Aparte de probar y comer también se platica de la comida?

Por suerte, nunca estuvo dentro de mí la opción de no probar. Eso me salvó la cabeza con mi futura suegra.

Me imagino que no lo hice tan mal, probé todo y seguramente hasta repetí y… pues tuve la suerte de que me siguieran invitando.

Después de estar acostumbrada a los piropos “normales”, durante los eventos comunales como el clásico “hoy te ves muy bien”, los cumplidos se trasladaron a la comida: “qué bonita te quedó tu mesa”. Dicho después de ver la dichosa mesa del comedor principal donde me pensaba sentar atiborrada de platones y platones y la del antecomedor llena de postres deliciosos. No tocaba otra que sentarnos en la sala o en mesas emergentes.

Lo curioso es que nunca sentí nervios de que llegara un plato poco entendido para mi educación culinaria. Siempre llegaba en el mejor momento para explicarme con lujo de detalles cómo se acompañaba cada plato y si se comía con tenedor, cuchara, “lehem”, pan, taco o, de plano, con las manos.

Hasta hoy, no he logrado dos técnicas: la de comer los huesos con las manos, aunque sí puedo entender el gusto que debe generar al ver la cara de mi suegra y el tiempo que tarda en sacar el mayor provecho de mencionado hueso,  y la de la sorbida del café extra caliente. Mi suegro sigue pensando que mi boca testaruda no ha logrado manejar el movimiento del sorbido. La verdad… prefiero esperar a que se enfríe un poco.

Y como esas anécdotas, hay más y más… como las de llegar a un lugar ham-brien-tos y saber que, para que llegue la comida, falta todo un monólogo frente al mesero de cómo la quiere @dondecomere. Sería más fácil que se metiera a la cocina y arreglase cada una de las recetas para que quede como le gusta.

Hay otra buena… mi suegra y sus cuñadas vivieron en comuna. Sí, lo oyó usted bien. Una casa, una cocina, muchos refrigeradores pero UNA estufa para CUATRO incluyendo a la suegra y claro… después de aprender a cocinar en el mismo lugar, con el mismo sazón y las mismas recetas, pues no queda otra que guardar silencio mientras una discute con la otra si es la receta original mientras en sus cabezas aseguran que si lo hubieran hecho ellas hubiera quedado mejor.

En esta familia, no hay visita feliz en casa ajena más que los maridos. Todos satisfechos y orgullosos por esa lucha que desencadenó su propia madre. El celo enajenado de la cocina que, a fin de cuentas, hace que cocinen mejor cada día.

El primer día de un viaje que hice con mi suegra, desayunamos,  comimos y cenamos delicioso, pero fue tanto que cuando al  día siguiente me despertó el olor a más comida, y eso que aún seguía pensando en la del día anterior, tuve que ponerme tenis y salir a correr para que mi cuerpo sintiera un poco de hambre en el desayuno.

Y sí… lo vivo diario. No es “normal” despertarse y descubrir a @dondecomere pensando qué vamos a desayunar para ver si hace maridaje con la comida y obviamente con la cena. Y bueno… si es un viaje ¡olvídense!… habría que hacer un maridaje complejo de los días que dure la vacación.

En parte para justificar mis pocas ganas de entrar a esa lucha de celos culinarios que desencadenó la abuela, siempre pensaré que el epitafio de @dondecomere ya está escrito desde hoy: “A mi mamá siempre le quedaba más rico”.

Por cierto, algunos consejos por si son invitados a casa de un libanés:

  • Nunca llegues comido, y por si fuera mejor, reserva espacio en tu agenda para hacer ejercicio antes y después.
  • Si tienes antojo de repetir nunca lo dudes, nunca quedará un platón vacío aun si había 10 invitados y llegaron 30. Nunca faltará comida.
  • Si quieres medio plato de sopa pide un cuarto
  • Si quieres 4 albóndigas pide 2 aunque
  • Si quieres que te vuelvan a invitar prueba todo lo que te den
  • Si quieres que te adopten entonces repite y repite y repite y repite… la dieta déjala para tu casa.

Y no olviden… la fruta siempre va al final.

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